Noches de cuentos

Amanda tiene cuatro años y pide cada noche su cuento para dormir. Sus menudas manitas se deslizan por las páginas y con la mirada inquieta se sumerge en las ilustraciones mientras la voz de mamá le ayuda a dibujarse cada historia en su cabecita.
Su libro preferido es Había una vez. Con él disfruta de La cucarachita Martina, El Gallo de bodas, La gallinita rabona, Los tres cerditos, La gallinita dorada. Incluso se sabe algunos diálogos, y en medio de la narración, sorprende con sonrisita pícara y vocecita de personaje: “¿qué me compraré?”
Amanda todavía no aprende a leer, pero ya conoce la magia de la lectura. Sabe que entre letras y dibujos se esconden esos amigos imaginarios que tanto la entretienen. Con ellos se adentra en un mundo de ilusiones donde hay risas, diversión, valores, moralejas, y siempre están ahí, a su alcance.
En el círculo infantil también le leen cuentos y llega a casa toda emocionada repitiendo versiones y demostrando dotes histriónicas con la dramatización.
Cuando crezca, Amanda tendrá sus libros de cabecera. Tendrá también celular, o tablet, estará rodeada de películas, videos, juegos, pero nunca olvidará lo que se siente interactuar con las hojas y los textos.
Igualmente estarán disponibles audio-libros y bibliotecas virtuales, y será capaz entonces de saber aprovechar las ventajas de cada uno para darle riendas sueltas a su imaginación, incrementar su vocabulario, mejorar la ortografía y ampliar su acervo cultural, porque todo eso viene con la lectura.
Su mamá también tuvo muchos libros de niña y ahora le satisface compartirlos con su beba. Sabe que este es un buen momento para fomentar el hábito al tiempo que propicia su instrucción y su preferencia por esta opción de recreación sana.
Poco a poco, según la edad, se irán sumando títulos, géneros, formatos, y crecerá esa complicidad como un frondoso árbol que tiene su raíz ahí, en esas noches de cuentos.

Anuncios

#Lluvias de #octubre

El aguacero de la tarde, la noche lluviosa, el amanecer gris. El suelo está saturado, los techos húmedos, cubos listos para las filtraciones, escobas a mano para sacar el agua entrometida.
El barrio extraña el sol, la gente lo quiere también. Está fresco el día, es cierto, pero la recién parida ya no sabe cómo secar los pañales, y los uniformes enfangados cada tarde igual deben alistarse para la próxima jornada. Es difícil.
La calle escurre a la primera gota; entre escampadas, cambia el diseño de zanjas, muros y desagües buscando facilitar el cauce del “río” y no las inundaciones. Los vecinos miran al cielo y se preparan para lo que ya parece rutina mientras los niños esperan con ansias ese rato de diversión “danzando bajo la lluvia”.
Es inevitable, la calma anuncia que hoy la historia se repite.

El monstruo de Leo

“No mamá, no me engañes, eso que suena no es el viento, eso es un monstruo”. Leo, mi vecinito de seis años, no creía en el ruido de las ráfagas aquella noche del 8 de septiembre en Guáimaro, él estaba seguro de que era un monstruo. Y ciertamente lo era, uno con nombre de mujer.
“Mira mamá, mira como le brillan los ojos, están alumbrando en la casa de Enriquito. ¡Corre mamá que ahora seguro viene para acá!” Leo no solo escuchó los rugidos de Irma, también le vio ojos brillantes, amenazantes, aunque del lado de acá de su ventana fuera solo una lámpara tratando de descubrir los embates del furioso huracán.
Leo no durmió, ir al baño era un desafío incluso para su inquieto carácter de niño atrevido e inagotable de energías, y la única excusa para salir del cuarto cuando solo por ese instante se separaba de la cortina que corrida en una esquinita le permitía mirar a través del cristal para ver si el monstruo ya se había ido.
Fue una noche interminable para él, para todos los guaimareños, para Cuba toda. Leo vivió su primer huracán de gran intensidad como un episodio de miedo mezclado con curiosidad, aunque con la certeza de estar bien protegido y relativamente alejado de la furia de la bestia.
Con el tiempo, Leo comprenderá que la parte terrorífica de la película fue solo un fruto de la fértil y prodigiosa imaginación de un niño aventurero, pero también sabrá que otros, infantes y adultos, sí vieron y sintieron más de cerca a ese monstruo que con nombre de mujer arrasó con gran parte del archipiélago.

Comienzos, otra #historia de #amor

La sospecha, la duda, el test. Positivo. La alegría, la preocupación, los miedos. El abrazo de Enrique, el silencio, la emoción.
Era 4 de septiembre, día de inicios. Era el inicio también de una nueva etapa en mi vida, en nuestras vidas.
A partir de allí todo empezó a crecer. El reposo, las náuseas, los mareos, el vientre, la sensibilidad del olfato y del carácter, el cuidado, el orgullo, el amor.
Casi 20 días después llegó la confirmación. Estábamos casi seguros, pero queríamos verlo. De ver, no vimos mucho, o casi nada, pero el que sabe, el que sí ve, nos reafirmó que allí estaba, y estaba bien. Ocho semanas de embarazo y estos nuevos padres no cabían de la felicidad.
La familia toda la comparte mientras nos adaptamos todos a esta historia que ahora, apenas comienza.

#Amor de #madre #FelizDía

Esta historia pareciera estar al revés. Mi madre me ha regalado una postal y yo no soy mamá todavía, al menos no “oficialmente”.
Con el mayor de los misterios, como quien quiere dar la más sentida sorpresa, ha esperado que me duerma y se ha colado en mi cuarto. Con total cuidado ha dejado algo encima de mi monedero y se ha ido de puntillas.
No pude más que llorar en silencio por la emoción y el sentimiento cuando me paré y leí: “Mi hijita querida. Para ti, pues aunque no eres madre por naturaleza, sí lo eres por la entrega de tu amor tierno, puro e incondicional a los tres hijos del hombre que amas. Una vez más doy !Gracias a la vida! por tener una hija tan especial. De quien te adora por sobre todas las cosas, tu mami.”
Qué mayor regalo se pudiera recibir este domingo!
Eso es amor de madre, querer de verdad, ser feliz con la felicidad de tus hijos. Eso es lo que celebraré mañana, aunque no sea mamá todavía. Por ese amor no estaré junto a mi madre, y ella lo entiende. Las buenas madres saben que el amor es una semillita que se siembra y se cuida todos los días para disfrutar luego el fruto. Así son ellas: entrega incondicional, orgullo sin límites.
Mi madre me ha regalado una postal, y entonces he entendido todo. Eso es ser madre, y ella me lo ha enseñado. AMO a mi mamá. Felicidades!!!!

#ValeLaPena #valoresdesdelacuna

No reniego de los cambios de época, el desarrollo, la modernización, pero extraño los tiempos (no tan viejos) en que el respeto, la responsabilidad, la disciplina, la educación formal, eran la mejor vestimenta del más humilde de los mortales, y el cimiento y la riqueza mayor de la familia y la sociedad.
A mis maestros los trataba de usted, al menos hasta que se fortalecía la confianza, que no abusaba nunca; y me ponía roja como un tomate y se me salían las lágrimas de impotencia, pero por nada del mundo le respondía a una persona mayor o refutaba sus regaños; bajar la cabeza era la señal más simple pero sincera de vergüenza; la verdad era sagrada y la puntualidad una norma inviolable en la vida cotidiana, como bandera de dignidad.
En la etapa de estudiante, a la escuela iba hasta enferma luego de la pastillita y los remedios caseros, bajo agua con un nylon de capa para la lluvia, en días festivos al menos media jornada, pero esperábamos que la maestra nos liberara, no era una decisión propia.
Estudiar para las pruebas o simplemente hacer las tareas era cosa de sí o sí, porque era inconcebible que llegáramos al aula en blanco. Recuerdo el día, en cuarto grado, en que aplaudimos a un amiguito y lo felicitamos porque la mamá fue a contarle a la profe que como la noche anterior se había ido la corriente, el niño se había levantado, él solo, de madrugada, para hacer la tarea. Así nos formaron.
También recuerdo el bombillo que me pusieron a mitad de pared, antiestético por cierto, encima de la mesita izquierda de la cama de mi mamá, para que pudiera estudiar por las noches mientras el resto de la familia dormía.
Luego, más grandecitos, la disposición para asumir y cumplir tareas era algo normal, incuestionable, y no por eso éramos los bichos raros del grupo. Era cuestión de conciencia, de moral, y crecimos como una generación de vergüenza.
Pero la cosa cambió, “y ya no sé si tuve tantas ganas de crecer”, como dice Buena Fe en su canción.
En la vida laboral, chocamos con realidades que antes hubieran parecido ciencia ficción: individualismo, indisciplina, irresponsabilidad.
Y se incumplen tareas, y la gente dice redondamente que NO, que eso no tiene que ver con ellos, que les faltó control, exigencia, que eso no pasará más; pero la historia se repite, y las reuniones se llueven, y los argumentos y las justificaciones suenan a disco rayado; y “la vida sigue igual”, como dice otra canción, esta de Julio Iglesias.
Y entonces yo me pregunto por qué dicen que la juventud está perdida. Si nosotros estamos perdidos, ¿cómo estará el resto? ¿Adónde vamos a parar si seguimos así? ¿Acaso es eso cuestión de “los tiempos modernos”? ¿Es que el desarrollo lleva al debilitamiento de los valores? NO me parece. Hay cosas que no pasan de moda, y al menos para mí, aquella formación sí valió la pena.

Adicta a tu #amor

31Tengo Enrique-manía, lo reconozco, pero no encuentro placer mayor que descubrirme única ante su mirada, saberme bella entre sus brazos, sentir que a 102 meses se puede vivir la relación como si estuviera en un nuevo comienzo (sin ninguna ruptura en el camino) y saborear Febrero con ese toque de pasión y ternura, complicidades, aventuras y compromiso, y sentir que siempre hay motivos y deseos para más.
Soy adicta a sus ojos, a sus besos, a sus caricias…a él; no puedo evitarlo.
Gracias, mi amor, por inventarnos 14 de febrero cada vez que celebramos nuestra magia, por estar ahí para mí, por amarme y dejarte amar, por ayudarme a crecer…y crecer conmigo. TE AMO!!!10